Feroces fauces desdentadas contra la violencia… desde la danza.

Darle voz a quien no la tiene es un gesto que podría considerarse noble en ciertas circunstancias, por ejemplo si quien no tiene voz, verdaderamente carece de ella; si quien la da, verdaderamente la da y, sobre todo, si lo que dice la voz dada es fiel a los objetivos de comunicación del mudo.

Lo mismo sucede con la “visibilización”, ese concepto de la -no tan- “nueva” filantropía que ha tenido como meta la cuasi alquímica tarea de hacer visible lo diáfano, por lo menos y convenientemente, en cuanto a fenómenos sociales se refiere. Lo que antes era propio de artistas críticos, bien informados, verdaderos intelectuales que se nutrían no solo del arte sino de la ciencia, de la filosofía, de la política y hasta del derecho; ahora lo es de entusiastas del derecho ajeno, filántropos de gabinete o lo que es peor, de coreógrafos que han abandonado el nido del culto estético del arte para emprender el vuelo en caída libre hacia los oscuros y profundos mares de la crítica social. Una empresa suicida, figurativamente por desgracia para la causa socio política y probablemente para el arte también.

Giselle, las que no volvieron, obra de danza creada por la coreógrafa mexicana Melva Olivas, es un desafiante intento por adaptar a la brutal realidad mexicana de la violencia de género y los feminicidios, el clásico en dos actos del siglo XIX, Giselle. 

Sobre la partitura de Adolphe Adam y tomando como eje la trágica historia de Giselle, quien “muere de amor”, suicidándose a causa de la traición de su amante, la obra añade elementos contemporáneos alusivos a las desapariciones: piernas y brazos que surgen de la tierra, como los cadáveres de  las víctimas de la violencia en México que acaban en fosas clandestinas a lo largo y ancho del país. Desafortunadamente estos elementos aparecen en la obra como alusiones que son incapaces de modificar la gramática coreográfica. La Giselle víctima de la violencia es un enfoque superficial que da la impresión de querer cumplir con la cuota de filantropía que exigen las modas sociales, sin mucho esfuerzo y con una elevada dosis de moralina. 

El Ballet Coreográfico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), orgullo institucional creado por la célebre Gloria Contreras, es la compañía encargada de consumar la metamorfosis del clásico instrumento de promoción del amor romántico, Giselle, en una denuncia que “honra a las víctimas y exige justicia”, pero que sobre todo “desafía al público a reflexionar sobre la urgente necesidad de cambio en nuestra sociedad”, de acuerdo al comunicado de la UNAM acerca de esta puesta en escena. 

Más que una creación en sí o una revisión del clásico Giselle, esta obra es una especie de intervención que recuerda a los bigotes de la Gioconda colocados por la temeraria y, al mismo tiempo pícara, mano de Marcel Duchamp sobre una reproducción barata de la obra maestra de Leonardo da Vinci. En el caso del Dadaísta con la firme intención de desafiar, con éxito, los cimientos del arte mismo; en el caso de la sonorense, un trabajo coreográfico, cuyas pretensiones revolucionarias recuerdan al Ecce Homo que Elías García Martínez plasmó en los muros del Santuario de la Misericordia y el cual fue “revisado” y “restaurado” -¿intervenido?- por las, no por bien intencionadas menos torpes, manos de Cecilia Giménez. Duchamp desafió los principios que definen a una obra maestra y al transgredirlos, hizo de la transgresión una obra artística en sí misma. Melva Olivas no es capaz de desafiar el clásico Giselle ni sus principios. Sigue siendo una especie de tributo al pasado, al cual es incapaz de cuestionar y mucho menos de “adaptarlo” a las “nuevas” agendas políticas y sociales. Se nota un respeto casi religioso a Giselle y sus principios, lo cual es absolutamente contrario a las pretensiones revolucionarias que ostenta de esta obra. Eso sí, la calidad dancística es impecable, el trabajo coreográfico bello en sus formas y el talento de los bailarines principales, todo un deleite estético.

El clásico Giselle es una obra que nos permite ver, con una de tantas visiones vigentes en el siglo XIX, el drama humano, las relaciones amorosas, la condición fatal de la entrega total a los ideales que no son de nadie más, sino de nosotros mismos. El contemporáneo Giselle, las que no volvieron, tambiénnos permite ver el mundo actual con la visión -una de tantas- de quienes ostentan el privilegio de contar con los medios institucionales para crear y que no han podido más que tratar de llenar con buenas intenciones los huecos de su condición humana. Esta obra es una muestra de nuestro tiempo: feroces fauces desdentadas que pretenden transformar el mundo desde la comodidad de su privilegio.

Giselle se presentó los días 19, 20 y 21 de junio de 2026 en la sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario de la UNAM y fue sacada del baúl de los recuerdos para una nueva temporada a cuatro años de su estreno.