Violencia e incapacidad de ser padres, ridiculizados en teatro con “El adiós”.

Qué difícil es irse de donde la violencia es el eslabón del vínculo. El deseo de escapar es la señal inequívoca de que no conviene permanecer en donde se está, pero la incapacidad de hacerlo es la señal del daño estructural, que, no pocas veces en nombre del amor -incluso filial-, atormenta al ser atrapado en la celda familiar.

“El adiós” de la actriz y dramaturga belga Mireille Bailly, es una obra de teatro que aborda la violencia de los padres hacia sus hijos -y entre sí- en una farsa que va suavizando sus dardos críticos conforme va llegando al final de lo que, por desgracia, termina pareciendo un melodrama clásico.

Reír de la tragedia familiar, ridiculizar el absurdo de los vínculos que mantienen unida a la familia, llevar de la mano del sarcasmo lo abyecto del comportamiento humano en la relación padres e hijos y el fracaso del proyecto popular llamado matrimonio, son algunas de las características identificables en la puesta en escena dirigida por Boris Schoemann en una coproducción de Teatro UNAM y Los Endebles.

Técnicamente la obra es muy buena. Las actuaciones de Alejandro Calva, Esther Orozco, Fernando Bueno, Constantino Morán, Pilar Boliver y Emmanuel Pavia hacen que el sufrimiento de los personajes salpique al público y por momentos lo hagan cómplice de la violencia, entre risas.

Insultos, malos tratos, comentarios discriminatorios y sobre todo violencia hacia los hijos, son los elementos que más risa le causaron al público que abarrotó la sala del Teatro Santa Catarina. Un aforismo de Nietzsche -probablemente el más vulgarizado y que ha pasado a la historia mutilado- fue inteligentemente utilizado, no sabemos si por Bailly o por Schoemann, para sacarle más risas al venerable. Una madre rica que ha violentado a su hijo durante poco más de tres décadas, justifica su violencia con la famosa frase “lo que no me mata, me hace más fuerte”. El público ríe. 

“Eres joven y deseas para ti una mujer e hijos. Mas yo te pregunto: ¿Eres un hombre al que le sea lícito desear un hijo? ¿Eres el victorioso, el domeñador de ti mismo, el dueño de tus sentidos, el señor de tus virtudes? Tal es mi pregunta. ¿O hablan en tu deseo la voz de la bestia y de la necesidad? ¿O la soledad? ¿O el descontento de ti mismo?”
– Friedrich Nietzsche
Nietzsche, F. W. (1992). Así habló Zarathustra (P.-D. Agostini, Ed.).

Imposible no pensar en el “loco de Turín” cuando lo traen a cuento para, de paso, burlarse de él y tergiversar, nuevamente, sus mutiladas palabras. Para sorpresa de algunos, podríamos decir que Bailly llevó al teatro buena parte de los cuestionamientos que Nietzsche plantea en su célebre Zarathustra. Específicamente en el discurso “Del hijo y del matrimonio”, en el que el filósofo pone sobre la mesa los motivos detrás del deseo de ser padre. “Eres joven y deseas para ti una mujer e hijos. Mas yo te pregunto: ¿Eres un hombre al que le sea lícito desear un hijo? ¿Eres el victorioso, el domeñador de ti mismo, el dueño de tus sentidos, el señor de tus virtudes? Tal es mi pregunta. ¿O hablan en tu deseo la voz de la bestia y de la necesidad? ¿O la soledad? ¿O el descontento de ti mismo?”. Los personajes de “El adiós” claramente no son personas a quienes les sea lícito desear un hijo. No son los victoriosos, los domeñadores de sí mismos, los dueños de sus sentidos, los señores de sus virtudes… y aún así son padres. Definitivamente habla en ellos la voz de la bestia y de la necesidad, también de la soledad y del descontento consigo mismos.

“Matrimonio: así llamo yo a la voluntad de dos en orden a crear uno que sea más que quienes le crearon. Respeto mutuo llamo al matrimonio entre quienes coinciden en tal voluntad. ¡Sea ése el sentido y la verdad de tu matrimonio! Pero a lo que llaman matrimonio los superfluos, ¿cómo lo llamo yo? ¡Ay, esa pobreza de alma compartida por dos! ¡Ay, esa inmundicia de alma convivida por dos! ¡Ay, ese lamentable bienestar de dos!” La farsa de Bailly es fiel a los principios Nietzscheanos.

“Muchas breves tonterías –a eso llamas amor. Y vuestro matrimonio pone fin a muchas breves tonterías en forma de una estupidez única y prolongada. Vuestro amor a la mujer y el amor de la mujer al hombre –¡ay, ojalá fuera compasión por dioses ocultos y atormentados! Pero, casi siempre, un animal es adivinado por otro”.
– Friedrich Nietzsche

Los dos matrimonios expuestos en la obra, más el tercero que está por celebrarse, lleva el absurdo a los límites de la estupidez y da la impresión de que la autora tomó como columna vertebral de su creación las palabras de Nietzsche: “Muchas breves tonterías –a eso llamas amor. Y vuestro matrimonio pone fin a muchas breves tonterías en forma de una estupidez única y prolongada. Vuestro amor a la mujer y el amor de la mujer al hombre –¡ay, ojalá fuera compasión por dioses ocultos y atormentados! Pero, casi siempre, un animal es adivinado por otro”.

“El adiós”, traducida por Schoemann al español, pone el dedo en la llaga del matrimonio, en la incapacidad de ricos y pobres de llevar a cabo satisfactoriamente la ambiciosa empresa de ser pareja y de ser padres, expone el ciclo de violencia que encuentra en el hogar tierra fértil para que florezcan los deseos insensatos de los hijos de casarse para, sin saberlo ni desearlo, repetirlo nuevamente. Escribir esta obra, traducirla y montarla, verla y reírse de la tragedia, implica una gran responsabilidad y sobre todo autoridad moral. “¡No riáis de tales matrimonios! ¿Qué hijo no tendía motivos para llorar por causa de sus padres?”.