Cuando al filósofo francés Gilles Deleuze se le preguntó por qué no se consideraba culto, en la célebre entrevista “El abecedario de Gilles Deleuze”, él respondió: “Cuando digo que no soy culto, ni intelectual, es algo muy fácil lo que quiero decir y es que no tengo ningún saber reservado. Por lo menos no tengo ese problema. Con mi muerte, no será necesario buscar lo que tengo para publicar, nada, porque no tengo reserva alguna. No tengo nada, ninguna provisión, ningún saber provisional, y todo lo que aprendo, lo aprendo para cierta tarea, y hecha la tarea, lo olvido”.
Olvidar lo aprendió porque tal conocimiento ya no es necesario. Naturalmente Deleuze es el antagonista del intelectual típico que basa su naturaleza y su supremacía en la acumulación de datos -y en la compulsión a hacer uso de ellos incluso en los momentos más inoportunos-. ¿La información y el conocimiento previo puede alterar la percepción del individuo que se expone a las obras literarias, artísticas?
¿Qué buscaba Deleuze cuando iba a museos, cuando veía películas o leía libros si era un “anti intelectual”? “No creo en la cultura, creo, en cierto modo, en encuentros. Y no se tienen encuentros con personas. Las personas creen que es con personas que se tienen encuentros. Es terrible, eso forma parte de la cultura, intelectuales que se encuentran, esa suciedad de coloquios, esa infamia, pero no se tienen encuentros con las personas y si con las cosas, con obras: encuentros con un cuadro, encuentros con un Aria de música, una música, así entiendo lo que quiere decir un encuentro. Cuando las personas quieren juntar a eso un encuentro con ellas mismas, con las personas, no va nada bien”, fue la respuesta del autor del Anti Edipo.
Al salir a la búsqueda del encuentro con algo que nos haga experimentar nuestras emociones, nuestras ideas, nuestra historia, nuestra angustia, nuestro deseo; podemos decir que salimos al encuentro con uno mismo: probablemente sería esta la señal del acto anti intelectual por excelencia. Un encuentro con la obra/espejo, sin olvidar que, como en todo espejo, el reflejo está al revés y, no en pocas ocasiones, nos enfrentamos a un espejo deforme que altera nuestra imagen.
En la calle República del Salvador, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, uno entre tantos encuentros posibles con la desesperación, la soberbia, la tragedia, el dolor, el color, la forma, el oportunismo y la destrucción del ser, lo podemos consumar en el antiguo oratorio de San Felipe Neri, actual biblioteca Miguel Lerdo de Tejada, hogar del mural La revolución y los elementos del artista ruso naturalizado mexicano Vladimir Kibalchich Rusakov, fallecido en 2005 en la “Ciudad de la eterna primavera”.

El pintor mejor conocido como Vlady calificó a este trabajo como “mi revolucionaria capilla sixtina”, un modesto comentario de alguien que parece haber llevado la ironía hasta sus últimas consecuencias ya que si sus frescos son como los de Miguel Ángel y la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada es como la Capilla Sixtina, entonces el Presidente de la República, el atroz Luis Echeverría, sería como el Papa Julio II y el PRI sería como la Iglesia Católica; obviamente él es como Miguel Ángel. Vlady era definitivamente un revolucionario, institucionalizado, pero revolucionario al fin.
Vlady, quien se dice hacía el comentario de que había “orinado a Lenin”, ya que el líder de los bolcheviques lo había tenido en sus brazos cuando era un bebé -sus padres eran cercanos a los líderes políticos rusos-, pasó de las manos de la Revolución rusa a las de la Revolución Institucional, no es extraño que su máxima obra se llame La revolución y los elementos. Orgulloso de su pasado bolchevique en manos de Lenin y orgulloso del producto del mecenazgo priísta, a pesar de las “incompatibilidades” ideológicas de los perseguidores hasta la muerte de todo rastro de comunismo en México con el “revolucionario” artista.



Una vez que la obra ha sido “dada a luz” el autor pierde su potestad y ésta pasa al dominio público. Cosa que no agrada a los apologistas, académicos, fanáticos y “herederos”. La obra y toda su historia están a merced del público y es aquí cuando ocurren los encuentros al estilo Deleuze.
Vlady vendió su obra a México a cambio de dinero público y por lo tanto es propiedad de los mexicanos. Su uso e interpretación están sujetos a la voluntad del pueblo y no debe cuestionarse ni uno ni otra por académicos, intelectuales, políticos, funcionarios y fanáticos envilecidos por la vanidad.
Al ver la monumental obra de 2000 metros cuadrados uno no puede negar la destreza técnica del pintor aquejado por los demonios de la guerra y la revolución. Pero la técnica no lo es todo. Lo más importante radica en la experiencia de quien vive el encuentro con la obra. En este caso al vernos reflejados en el espejo deforme de Vlady podemos notar la angustia, el desencanto de un siglo que inició con la promesa de una utopía de justicia social y concluyó con un genocidio y la limpieza étnica de la guerra de los Balcanes, podemos ver la confusión del hombre desterrado que tuvo que abandonar a su madre en un asilo y seguir tocando a las puertas de naciones que les dieran asilo a él y a su padre, podemos ver la exaltación del vicio, como lo llamaba Nietzsche, de la lectura y el melodrama del padre que murió con agujeros en las suelas de los zapatos mientras al hijo le seguían aguardando los privilegios del artista.
A Vlady se le asocia con lo que se conoce como “Generación de la Ruptura”, que es el grupo de artistas plásticos que rompieron con la tradición de los muralistas mexicanos de principios del siglo XX: Rivera, Orozco y Siqueiros principalmente.

El siglo que comenzó con revoluciones y utopías naturalmente estuvo marcado por idealistas como Rivera y Orozco, pero pasada la segunda mitad del Siglo XX comenzó la decadencia que culminó con la violencia que es la herencia del XXI. La corrupción de un bebé de izquierda radical es una metáfora del siglo XX. El bebé que en manos de Lenin auguraba un futuro glorioso, terminó desterrado, traumatizado, confundido, atormentado, perdido y finalmente vendido a un régimen que lo encumbró en un paradójico ungimiento ignominioso. El siglo XX inició con grandes promesas y cerró con el despertar a la pesadilla de la violencia y la intolerancia. Si Rivera encarnó el idealismo de un siglo, Vlady tuvo el “honor” de encarnar el experimento utópico y su violento despertar con todas las consecuencias que ello implica. El valor que tiene La revolución y los elementos es muy alto porque es poder echar la mirada a la ruina del hombre que se ha permitido soñar, al colapso del idealismo y el triunfo de la practicidad que vende todo, sobre todo los ideales. El visitante puede ver ahí también 10 años de “trabajo” de un beneficiario del dinero público que, en caso de ser mexicano, podrá ver en colores y formas los impuestos de sus ancestros, esos sí, probablemente, trabajadores de tiempo completo.





