Fotografías de Alejandro Montiel
Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, retrata la vulnerabilidad humana, la resistencia y la supervivencia frente a la violencia machista, así como el conflicto entre la realidad y la ilusión de una vida mejor. La historia nos presenta a Blanche DuBois, una mujer refinada, delicada y profundamente sensible, que tras una crisis emocional llega a Nueva Orleans para quedarse en casa de su hermana Stella y su cuñado Stanley Kowalski. Allí descubre una vida modesta y un entorno hostil marcado por la violencia del matrimonio de su hermana. Su colapso emocional es inevitable, y su llegada marca el inicio de una caída imparable hacia el abismo.
La obra de Tennesse Williams tocó los primeros escenarios estadounidenses en 1947 y desde entonces ha marcado un hito en Broadway para el mundo, adaptándose al cine y a teatros de otros países.
En esta nueva adaptación dirigida por Diego del Río, Marina de Tavira encarna a Blanche DuBois y nos introduce con intensidad en su mundo emocional, dejando en el escenario una verdad conmovedora: “Todos tenemos algo que no dejamos que nadie más toque por su naturaleza vulnerable”. Esta versión envuelve al público mexicano de 2025 con un lenguaje que respeta la intensidad del texto original, mientras retrata sutilmente el paso del tiempo. Los personajes construyen una atmósfera cargada de expresiones comunes al público mexicano, con narrativas íntimas, vulnerables y profundamente humanas. Cada personaje va revelando su esencia vital: la vulnerabilidad.
En un escenario central rodeado por el público, los personajes emergen desde las esquinas. Algunos permanecen inmóviles frente al espectador, encarnando elementos del entorno: la radio, los transeúntes, los vecinos, las ausencias del pasado. La música brota del propio escenario en forma de cantos corales interpretados en vivo por Andrés Penella, Diego Santana y Federico Di Lorenzo. A ellos se suman Mónica Jiménez (Eunice), Patricia Vaca, Rodolfo Zarco y otros intérpretes cuyo trabajo destaca por su precisión rítmica y su fuerte presencia escénica. La iluminación acompaña con delicadeza y fuerza cada emoción, matizando las escenas con notable precisión. La conjunción de estos elementos crea un lazo íntimo entre actores, personajes y público. Así como Stanley le recuerda a Blanche que la ley napoleónica le concede derechos sobre todo lo que pertenece a su esposa y viceversa, también el teatro nos pertenece y nosotros le pertenecemos al teatro, pues nos recuerda que compartimos la emoción de los personajes: lo que ellos experimentan reverbera en nosotros, y lo que sentimos como espectadores los atraviesa a ellos en su entrega escénica, pero esto que digo no lo digo desde una idea de propiedad privada como lo menciona Stanley, sino desde el concepto de pertenencia, de ser esencialmente parte de algo. En ese espacio compartido, la resonancia emocional nos permite apropiarnos de un mundo íntimo que sentimos propio. Ese es el mundo de las historias nacidas del alma de los dramaturgos, que solo mediante el arte podemos contemplar con claridad: gracias a directores que orquestan el relato, actores que encarnan los personajes y espectadores que responden con su sensibilidad ante cada diálogo. El encuentro con la obra es lo que nos permite seguir viviendo en una forma de inmortalidad que solo el arte puede brindar. Y qué mejor que el teatro para dar testimonio del milagro del tiempo y la vida. Así, todo nos pertenece un poco, y nosotros le pertenecemos al todo.

La escenografía se viste con el baúl de Blanche, su vida encerrada en ese cofre de gran tamaño con el que entra desde las butacas arrastrándolo sobre los escalones. Ese cofre toma distintos significados en cada escena, pero siempre sabemos que ahí yace la vida de Blanche, guardando secretos que solo ella conoce. Su cofre es testigo de la furia de Stanley Kowalski, interpretado por Rodrigo Virago, quien hace un gran trabajo al representar la furia incontenible de un hombre violento, marcado por el paradigma de un amor que hasta ahora en los últimos tiempos ha comenzado a cuestionarse en las realidades del México del siglo XXI, este personaje se contrasta con su mejor amigo Mitch, interpretado por Alejandro Morales, este personaje retrata a ese hombre poco experimentado en el amor, dedicado al cuidado de su madre, atrapado en la timidez, en la torpeza de los acercamientos con otra mujer, con una aparente caballerosidad, una amabilidad en careta que se vuelve iracunda cuando se le presiona, sin duda un Kowalski encubierto, un hombre machista promedio, pero más sensible. Astrid Mariel Romo interpreta a Stella Kowalski con una ternura luminosa, mostrando la belleza de una esperanza enjaulada, una mujer traumáticamente vinculada a su marido Stanley, a quien ama más que a sí misma. La relación entre Stella y Blanche es el corazón de esta historia.

Los personajes interactúan con un escenario dinámico: acceden al baño, la tina, la alacena y los secretos del alma abriendo y cerrando partes del piso, un simbólico recordatorio de corazón delator de Edgar Allan Poe, tal como las verdades que nadie quiere decir, pero que están ahí debajo de nosotros, latentes. Los bastidores motorizados, casi un personaje más, conducen la iluminación de los momentos más cruciales. Todo parece situarse en un espacio vacío, en blanco, aludiendo al nombre de Blanche DuBois, «El bosque blanco». Ella misma explica a Mitch el significado de su nombre, por si acaso la quisiera recordar con más facilidad. Así nos deja ver su ferviente necesidad de mantener una imagen idealizada de sí misma, su anhelo de ser amada y de tener un pedacito de eternidad.
Stella vive un ciclo de violencia del que no puede escapar, aunque Blanche se lo diga, aunque la invite a huir. Desde que creyó en el amor de Stanley, quedó encerrada en una jaula invisible. Blanche, a pesar de parecer más libre —soltera y experimentada—, también carga con las marcas de la violencia. La vecina sufre lo mismo, y sonríe tras una disculpa ligera. Todas estas mujeres viven en cautiverios invisibles. Blanche se va desmoronando, vencida por la soledad, el abandono y la impotencia. El perdón que Stella otorga a Stanley, incluso después de golpearla embarazada, le arrebata a Blanche su última esperanza. “No te quedes del lado de las bestias, hermana”, suplica Blanche. Pero Stella responde: “Yo lo amo”. Y con eso, la esperanza se desvanece.
Es fácil ver cuando una mujer está siendo golpeada físicamente, pero casi nadie ve cómo ha llegado hasta ahí, qué otras cosas han pasado antes para que no encuentre una salida, cuántas marcas le han dejado en la psique para quedarse inmóvil, para dejar de creer en sí misma, y para sostener la esperanza en una relación que la mantiene desconectada de su energía vital y de otras formas de relacionarse, y lo que es más importante, siempre es más fácil para el mundo ver lo que no hace una víctima de violencia, y es tan difícil señalar al que ejerce la brutalidad. Esto sin duda es la realidad de muchas mujeres en el mundo, no sólo del pasado, también ahora, quizá ahora es mas visible el camino tortuoso de la violencia machista, pero aún es el campo de batalla de muchas, de todas.
Por momentos los actores rompen la cuarta pared, para preguntar si han apagado los celulares, para pedir perdón con el personaje a cuestas, para anunciar un intermedio, para dar la tercera llamada, pero es más que solo un intermedio entre actos y escenas, es el sutil recordatorio de que los personajes son más cercanos al público de lo que parecen, y ese parentesco trasciende culturas, épocas, idiomas y vicisitudes. Juntos construimos la realidad: actores, personajes y espectadores. Así como el elenco construye atmósferas en escena, los humanos tejemos nuestras propias vulnerabilidades en el escenario de la vida y hacemos de un espacio vacío, el escenario perfecto de la búsqueda de la verdad, el deseo y el amor.
La pureza que deja el dolor se revela en los deseos, tanto luminosos como oscuros. Blanche ha sido condenada por vivir su deseo con la misma libertad que los hombres, juzgada por su pasado carga con la etiqueta de mujer fácil, impura y solterona, y acaba simbólicamente aplastada por el duelo no resuelto, por un trauma complejo imposible de resolver en esa conmovedora escena en la que descubre que Mitch tampoco es un lugar seguro para ella. La sociedad le niega la redención y es reducida a un objeto de deseo, a un cuerpo para consumir y castigar. Stanley, en su brutalidad, comete el peor agravio: abusa de ella, arrancándole su última ilusión. Blanche se une así a las cosas rotas que yacen en la casa de los Kowalski. Stella aún con el corazón roto, decide internarla en un hospicio, traicionando así el amor que siente por su hermana, y muy consciente de la injusticia hacia ella cometida por su esposo, llena de tristeza aleja a su hermana del lugar que la rompió por completo. Aunque la culpa la agobia y no la deja tranquila, la voz de la vecina es esa voz que todos hemos oído a menudo cuando las circunstancias se complican y no queremos ver más allá “Lo que pasó ya pasó, y hay que seguir”, “El show debe continuar” dirían los teatreros, y es cierto, el tiempo no se detiene, pero la vida se obstruye por el dolor que no se nombra, por las decisiones que no se toman y por las confrontaciones que no se hacen.
Todos poseemos la luminosidad y la oscuridad en nuestros deseos, el mediador es la comprensión de estos, Blanche cedió ante el estupro siendo maestra y fue exiliada, pero qué hay con esas historias de amor romántico que nos han contado toda la vida a las mujeres, en donde hombres de más de treinta años se enamoran de adolescentes y se casan con ellas, cuántas mujeres no han vivido ese destino, y esos hombres cuántos elogios han recibido. Jamás pisaron el exilio. Con esto no quiero decir que las mujeres debamos ejercer las mismas acciones violentas que los hombres han cometido históricamente, no, pero sí que es necesaria la reflexión sobre la socialización que nos dan a unos y otros en función de nuestra realidad material, el sexo.
Finalmente Blanche tenía razón, esa casa era una trampa. Su exilio fue la antesala de la trampa más amarga; la traición. Pues es llevada a un hospicio, a engaños, bajo el influjo de un ensueño “vivir y morir en el mar, viviendo el amor a lado de un hombre bueno, un doctor, alguien de respeto que la ame a profundidad por quién es ella” Las lágrimas de Stella no se detienen ante los gritos de Blanche quien al final es convencida por “La bondad de un extraño” , el que la llevará al hospicio a vivir su locura más profunda, el dolor que no ha podido asimilar.
“¡Siempre he confiado en la bondad de los extraños!”, dice Blanche. Pero la bondad también puede ser una trampa. La obra nos muestra que las narrativas que creamos para sobrevivir, a veces, nos alejan de la verdad.

Al final, Blanche es llevada lejos. La tristeza de las mujeres permanece en el escenario, mientras Stanley y sus amigos juegan póker como si nada hubiese pasado. Como si la locura de una mujer fuera solo un desvarío, y no una reacción a un mundo que nunca supo protegerla.
Esta obra me recordó una frase atribuida a Margaret Atwood: “El deseo de ser amada es la última ilusión. Renuncia a él y serás libre”. El amor es una necesidad humana, pero se convierte fácilmente en una trampa cuando el ejercicio del poder es más grande que nuestra capacidad de amar. Esta puesta en escena, llena de luz y oscuridad, es un símbolo de verdad, deseo y autoconocimiento.
Dejemos que Un tranvía llamado deseo nos conduzca a una reflexión profunda sobre lo humano, la violencia, el deseo y la esperanza. Con este extraordinario montaje, podemos lograrlo.
Queridos lectores, les deseo que Blanche DuBois y Stella Kowalski les inspiren a formular preguntas importantes sobre sus afectos y se respondan a sí mismos ¿De dónde venimos? ¿En dónde estamos? ¿Para qué estamos? ¿Con quién estamos? Y ¿Por qué permanecemos? , Y de vez en cuando confíen en la bondad de los extraños sólo si su instinto lo celebra como una maravillosa señal.

