Encuentros con Ícaro: El vuelo de la creatividad

Por Gabriela Montiel

Hoy, 4 de febrero de 2025, a las 5 p. m., en el auditorio del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) en Ciudad Universitaria, CDMX, se llevó a cabo una clase magistral impartida por el director suizo, dramaturgo y clown Daniele Finzi Pasca. Su presencia en México está ligada, una vez más, a la presentación de su icónico espectáculo Ícaro, una obra que transporta al espectador a un mundo de bellas certezas sobre la pérdida.

La clase fue un espacio de reflexión y aprendizaje, con una audiencia compuesta en su mayoría por estudiantes de teatro de diversas instituciones como la UNAM, Casa Azul, CUT y ENAT. Todos atentos a las palabras de un artista experimentado en el universo de las artes escénicas. En un tono amigable, Daniele nos habló sobre la importancia del clown en la narrativa teatral y su capacidad para habitar el espacio-tiempo con un mensaje claro: «La vida sin drama no interesa, una historia sin drama no interesa a nadie». Un artista que crea ficción debe sumergirse en el mar de posibilidades mágicas, donde dioses y mortales juegan al juego del silencio, un silencio dramático que, aunque no permite escapar del destino, nos regala la oportunidad de deleitarnos con el presente efímero.

Daniele Finzi Pasca no lo sabe, pero yo tuve un encuentro con él hace más de veinte años. A mis quince, asistí a una función de Ícaro, cuyo programa de mano prometía: «Te va a reír, pero te va a llorar». Y fue cierto. Su obra me conmovió profundamente, pero también dejó una marca imborrable por un hecho inesperado. Sentada en primera fila, con mis piernas estiradas, sin darme cuenta, provoqué un tropiezo en plena función. Daniele cayó de manera dramática ante la mirada atónita del público. Al principio creí que formaba parte del acto, pero su mirada iracunda disipó mis dudas. Avergonzada, viví la primera parte de la obra sumida en la incomodidad, hasta que comprendí que ese encuentro accidental era algo bastante simbólico, porque su obra me hizo tropezar y caer en una certeza conmovedora: «Yo, como Ícaro, también puedo volar y escaparme por las ventanas, por los espacios en blanco, por los silencios a través del poder de mi imaginación».

Aquel día, ese fue mi encuentro con su obra, y es que el público a eso va, a tener un encuentro con la obra de un artista. En mi caso, se trató de un encuentro prácticamente directo con la obra y el artista. Su obra me hizo reír y también llorar, pero hubo algo más importante que eso: me inspiró saber que él era el dramaturgo, director y actor de tan magnífico trabajo de clown. Daniele, con su Ícaro, me lanzó a un mundo de posibilidades para crear, y así lo hice. A mis 16 años, monté mi primera obra de teatro con mis compañeros del CCH Naucalpan, Laberinto insaciable, un collage de pensamientos y emociones sobre el amor, la pasión y la intensidad de los sentimientos adolescentes. Los años pasaron, y mi vínculo con el teatro se fortaleció. Me integré al grupo representativo de teatro de la FES Acatlán (TUA) y comencé a explorar la libertad creativa que el arte me brindaba. En 2013, volvió a cruzarse en mi camino el espectáculo de Daniele y, una vez más, despertó en mí la necesidad de crear, esta vez a través del monólogo.

De alguna manera, Daniele Finzi Pasca se convirtió en un maestro para mí, en el maestro de un mundo paralelo donde, como por arte de magia, aparecemos en el momento oportuno, cuando «la alumna» está lista para recibir su mensaje. Hoy es la tercera vez que me encuentro con él. Ahora, en 2025, estoy lista para ver de nuevo la puesta en escena de Ícaro, esperando un encuentro diferente.

Durante su clase magistral, se habló de la forma, de la técnica para crear en el escenario, de la manera de trabajar, de ser floral o de ser cítrico, de una realidad dicotómica, de ser ácido o de ser alguien que se desarrolla en condiciones nobles y adecuadas. Se habló de la amistad entre colegas y de lo «bello» que es mirar la realidad con asombro, curiosidad y ternura. La fuente de inspiración sigue ahí, viva. La adulación de sus amigos y colegas trató de robar foco, pero como todo clown, su gesto divertido y su risa de travesura convirtieron las anécdotas, las respuestas a las preguntas y la enseñanza a los estudiantes en una pelota que flotaba y botaba de vez en cuando sobre esa magistral charla de dioses y mortales.

Me maravilla el carnaval humano, me encanta ver que el ser humano tiene la necesidad aún viva de ser comprendido, amado, aceptado y acompañado. Me hubiera gustado que le preguntaran mucho más sobre el teatro de la caricia, ese teatro que él dice que hace para curar a los otros, un teatro que nació de su voluntariado en la India para acompañar a enfermos terminales, un teatro que también lo acompañó en el encierro de una cárcel por evadir el servicio militar.

Daniele tiene mucho que contar. Detrás de cada espectáculo suyo hay mucha historia escrita, desde las cosas que como ser humano le atraviesan el alma, las relaciones humanas que lo han ayudado a desarrollarse, el financiamiento de sus espectáculos y el estilo de vida que implica dedicarse al teatro y vivir de ese arte tan maravilloso que cambia vidas. Pero en esta clase magistral nadie le preguntó sobre eso. Pienso que hay un silencio de esos dramáticos que se necesitan para sobrevivir. Es como dejar fuera esos temas «fuertes» de los que nadie quiere hablar para no perder el control o el buen ánimo. Sin embargo, creo que es necesario mencionar que el mundo no es el mismo desde el 2020. Todos atravesamos el confinamiento y el distanciamiento social, lo que nos dejó una manera distinta de percibir la realidad, de recordar, de medir el tiempo y de ajustar los recuerdos al presente. ¿Qué hizo el teatro de la caricia en ese tiempo? El poder de las palabras demostró en ese tiempo de pandemia, que la comunicación tiene un inmenso poder y que en estos tiempos de inmediatez hay una ineludible necesidad de conectar verdaderamente con quiénes tenemos en frente. Todas las personas atravesamos la fuerte necesidad de la presencia de un otro para crear, de un cuerpo, de la interacción humana más pura y sincera para saber que no estamos solos.

El teatro es como una casa, construida por otros cuerpos, ideas, emociones, sentimientos y lenguajes. Este arte en vivo se transformaba-moría con el confinamiento, algo estaba por renacer, algo nuevo estaba por salir a la luz, y entonces una puerta se abrió y todos volvimos a una nueva normalidad, y vimos que ahí seguía el mundo, pero nosotros ya éramos otros, el escenario estaba en todas partes, siempre lo estuvo, eso me quedó claro. Ahora regresa ícaro como muchas cosas en la vida que vuelven para recordarnos una vez más lo esencial para vivir. 

El teatro de la caricia me llevó a la superficie de la confianza y pude comenzar a creer que otro mundo era posible para mí. Sé que esa no era la intención de Ícaro, pero eso es lo que pasa con los encuentros entre las personas y la obra de un artista.

Daniele Finzi Pasca fue mi primer maestro de teatro por accidente y, sin saberlo, se convirtió en un maestro de la vida creativa. Su obra me hizo caer, pero también me hizo volar. Y así como es la vida, esta historia seguirá escribiéndose. Estoy segura.